CRÓNICA: PAREDES QUE HABLAN por Daniela Cabral



PAREDES QUE HABLAN.
DANIELA CABRAL
Quiero compartir con ustedes y todos aquellos que les interese, una crónica que escribí sobre grafitis barriales en Dock Sud; estoy muy conforme con el camino que emprendí, estoy viendo los resultados y me siento Feliz porque siento que hago lo que me gusta. Por eso quería aprovechar para agradecer a todos los que me acompañan en este momento difícil de mi vida, a quiénes me apoyan en lo que hago. Gracias a quienes colaboraron conmigo en éste trabajo, Fernando Cachon, un amigo que aportó su testimonio como vecino e historiador, Gracias a Ezequiel, quien también colaboró con mi trabajo y me recibió en su casa, haciendo un aporte más que interesante; Gracias a quienes por una cuestión de tiempo quedaron afuera pero estaban interesados en aportar.
Los grafitis en el conurbano intentan reflejar la realidad social que atraviesan sus adolescentes y a su vez inmortalizar a sus mas allegados cuando la muerte les golpea la puerta.
“Dock Sud, barrio de guapos” dice en alguna de las esquinas de la calle principal. Es indiscutible que es un barrio emblemático. Para algunos es sólo un barrio sumergido en la marginalidad que empieza en la bajada del puente de la Boca y finaliza en el acceso sudeste, donde las muertes siempre tienen por protagonista a algún adolescente ya sea en manos de la policía, disputas entre “barras”, hasta muertos en accidentes de tránsito debido al transporte pesado que invade las calles sin ningún control; en cambio para sus habitantes es un sentimiento. Pero a su vez, no es cualquier “barrio” del conurbano bonaerense, ya que está ubicado a menos de diez minutos de la Capital Federal y es un semillero de talentos, de inmigrantes, de historias notables. Me crié allí y doy fe de los mejores años de mi adolescencia.
Una serie de grafitis invaden sus paredes; más o menos elaborados, con nombres, con frases, dibujos, colores, con rostro o no todos tienen un denominador común: el recuerdo de algún ser querido.
Una pared blanca con una frase en tonos verdes dice: “Lo que se ama nunca se olvida”, a su derecha tres nombres: “Richard, chiva, Lucas ... Por siempre (en amarillo)” y en el centro asoma el escudo del Club Sportivo Dock Sud con un efecto que “simula” romper la pared.
¿Pero qué motiva a esos familiares, amigos o “ñeris”, como se dicen entre ellos, a hacerlo?, ¿Que la muerte sea a tan temprana edad, puede influir?, ¿es un homenaje?, ¿es inmortalizar?, ¿es un acto de denuncia?
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La historia del grafiti, se remonta a los años ´60 en EEUU, más puntualmente a los barrios bajos de New York, donde nació de la mano del hip hop. Es arte urbano, donde los “grafiteros” tienen como objetivo dejar plasmada su firma (TAG) en la mayor cantidad de espacios de la vía pública que les sea posible, así sus nombres o apodos comenzarían a tomar relevancia en el ambiente que frecuentan. Es una manifestación territorial.
En la Argentina comenzó teniendo influencia en el conurbano, aunque al principio estaba relacionado a sus orígenes con el hip hop y algunos lo consideraban “elitista”; no podía competir ni con el rock barrial ni con la cumbia.
“Voy a apelar a mi memoria, podría decir que los primeros recuerdos que tengo sobre el grafiti en el barrio, son de algún chico “valiente” o “atrevido” en poner su nombre o los “cinco puntos” en una pared”, afirma Fernando Cachon, historiador y vecino de Dock Sud, quien cuenta que surgieron por los años ´80 como una forma de expresión alternativa; en un principio quizás para “llamar la atención”, lograr que lo que escribían lo pudieran leer todos, o también para denunciar algo. Fernando recuerda que a mediados de los ´80 surgió el grafiti por la muerte de Ramón Ortiz, Raúl Giménez y Alberto García, tres chicos conocidos del barrio asesinados por la policía durante la previa al partido de fútbol que Dock Sud disputó ese día. “El caso fue conocido como la masacre de Dock Sud y quedó en la nada”, dice. La creencia popular terminó aceptando la teoría de un “enfrentamiento”, pero no faltó la versión de que el asesino fue el comisario Medina, quien vivía en los “monoblocks” de avenida Debenedetti.
Fernando sostiene que es una forma de expresión en la historia de los barrios utilizada por personas que se ven imposibilitadas a tener acceso a otros métodos: agarrar un simple aerosol para escribir en una pared desde el nombre de la chica que le gusta, hasta denunciar el accionar de la policía o la contaminación. “Por ejemplo, en el barrio tenemos el caso de la empresa Shell, quienes no se salvaron del aerosol acusador de la población”, dice.
Para el vecino Cachón el grafiti recién pasó a ser una expresión artística a partir de los ´90, dónde se pudo notar cierta evolución en las denuncias, ya que comenzaron a pintarse rostros, a poner leyendas más extensas, descriptivas y duraderas. El grafiti abarcó y sigue abarcando varias generaciones, de ahí su importancia, a pesar que a algunos vecinos no les guste ver sus paredes pintadas.
En sus orígenes en el barrio tuvo una clara relación con el Rock, Fernando no duda en relacionarlo con frases de “Los redonditos de Ricota”; hay calles claves donde más de una vez los vio, las paredes del “barrio de segba”, el paredón de la larga avenida Debenedetti, las paredes de la Usina; aunque lo sostiene en tiempo pasado ya que actualmente lo relaciona con una “cultura villera” que sigue siendo popular, pero alza las banderas de la cumbia. Hoy en “El Docke” es fácil encontrar desde el homenaje al “Gauchito Gil”, un culto religioso relacionado con la marginalidad y la delincuencia, hasta la cara de “Lukitas”, un chico asesinado, o una frase dedicada a “Japo”, un pibe atropellado por un camión.
Dos paredes en Debenedetti … la de la izquierda en color amarillo muestra la frase “Lukitas presente por siempre” con letras de bordes negros y sombras; en la de la derecha con fondo azul, plasmado el lema “Los monoblock” (haciendo referencia al barrio de “Lukitas”) y sobre él, la frase de una canción en amarillo dice: “Perdimos un buen amigo, ganamos un ángel para Dios”.
Cachon piensa y sostiene, “los pibes en el barrio están expuestos a muchas cosas y son atravesados por la discriminación de ser “negro” y “pobre”. Esa autopista funciona encerrándolos, aunque, al menos así, estos pibes se sienten “parte de algo”, parte de ese barrio”.
A Cachon le parece que el grafiti es una “simple puteada”, una forma de dejar en claro lo que les acontece en el momento que lo hacen… Después podríamos analizar su eficacia.
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En el barrio todos nombran al “papa”; parece que se pusieron de acuerdo. Ezequiel “el papa” tiene 27 años, y quiere dar su testimonio. “Entre cabo verde e Irala, justo enfrente de la autopista, te vas a dar cuenta porque hay un grafiti en la pared”, cita.Entre cigarrillos y un homenaje a “Pocho, la pantera”, que estaban dando en “Pasión de Sábado”, “el papa” cuenta que hace diez años que es letrista, aunque en realidad aprendió el oficio en la calle; fue así que empezó pegando afiches de partidos políticos, hasta que un día faltaron los que pintaban y escribían y se tuvo que animar a hacerlo. “Y me salió bien”, se ríe mientras el humo invade su rostro. Así empezó a ser reconocido en el ambiente porque su trabajo lleva firma de autor. “Cuando no hay firma, hay algo raro”, sostiene. Su principal fuente de trabajo son los grafitis con mensajes políticos, y él cuenta que muchos candidatos “se hacen campañas en su contra”. Los grafitis que todos vimos en las calles que decían “MACRI=MASSA”, se producían desde las mismas agrupaciones macristas, por ejemplo. Pero él no tiene bandera política, es solo una herramienta de trabajo, hoy le toca pintar para uno, otro día para otro… Mientras paguen, él pinta.
Ezequiel toca la trompeta en un grupo de cumbia santafecina, “Los Lamas”, así como también muchas veces toca su instrumento para el sindicato de la UOCRA (de la construcción), una herramienta que utiliza para poder trabajar en las pintadas.
Hace un par de años lo convocaron para hacer el documental “Cuerpo de letra”. Lo cuenta con los ojos brillosos, “Verme en el cine de Recoleta, con toda la gente que yo veía en la tele, y que al terminar la película todos me aplaudan y me empiecen a preguntar, fue algo muy loco”. La repercusión que tomó en el barrio fue mayor; empezaron a llamarlo para que pintara grafitis para cumpleaños, para algún graduado, pintadas para que alguna pareja se reconcilie; algunos trabajos los cobra, otros no.
Ezequiel trabaja con ferriti y cal:“son materiales económicos y descartables”, sostiene “yo no trabajo con aerosol, para que dure”; es más lo que trabaja que lo que hace por arte, porque el grafitero original espera con ansias cobrar para poder comprarse los aerosoles y salir a pintar por motivación. Aunque hay momentos en que deja de ser trabajo, “se desprende del compromiso del laburo y tiene una carga emotiva”; al “papa” le tocó velar a varios de sus amigos, y más de una vez pintó un muro con el nombre de uno de ellos.
“He pintado nombres de mis amigos de la infancia, de mi familia, y pensar en ese momento lo que me estaba tocando hacer … y hasta que se me caiga una lágrima”, afirma. El nombre de ese pibe no tendría que estar en esa pared, no tendría que haber fallecido. Durante esos tipos de pintadas, cuenta que es imposible no recordar los momentos que vivió con ese amigo ahora fallecido. Aunque más de una vez los vecinos lo buscan para que pinte por alguien que no conoció y sostiene que es imposible no pensar en lo que ese padre o madre estará sintiendo al ver el nombre de su hijo en la pared. Momentos duros si los hay.
Ezequiel cree que lo que motiva a las personas a hacerlo “Es su leyenda”; para él la leyenda es lo que no se olvida, lo que siempre se recuerda, y todos tienen una. Mientras el graffiti dure, todos veran la leyenda “del que no está”, así como también del que la pintó, “porque si es tu amigo también es tu leyenda, es tu historia”, afirma. Con la leyenda plasmada en la pared, todos sabrán de ella, cualquier persona “sigue viva” por ser una manera de recordarlos.
Una pared amarilla en Debenedetti con el apodo “Negrito” en letra doble de color azul con sombras blancas y dos estrellas.
El “Japo”, el pibe atropellado por un camionero imprudente, era su amigo, pero Ezequiel no pudo pintar nada para él, le costó asumir la muerte “de su hermano”. “El “Negrito”también era mi amigo, vivía en la cuadra y nos criamos juntos; “el lolito”, un pibe muy querido, es otro amigo fallecido. Conozco la historia de vida de cada uno, y tener que estar escribiendo su nombre con “toda la vagancia” atrás mio, todos los amigos, los que los querían, los que no, los que están por compromiso, los falsos… Ver todo eso, ¿sabes que duro que es?”, Ezequiel levanta la mirada indignado.
Detrás del ritual, hay gente que lo hace por obligación, hay egos y traición, sólo para ocupar el lugar que esa ausencia dejó. Ezequiel asegura que la gente del barrio que lo convoca es de bajos recursos, entonces ve al graffiti como denuncia, porque no tienen posibilidades de hacerlo de otra manera, pero principalmente “los pibes” lo hacen para no olvidar a quienes hoy no están, es un ritual, una conmemoración, una forma de dejar una huella, de pertenecer a un mundo aunque sea marginado.
Unas simples letras, marcan la diferencia de los grafitis que Ezequiel hace, muestran si se trata de su trabajo o de un homenaje a “algun ñeri” … Sus grafitis oscilan entre “PRESIDENTE” Y “PRESENTE”, solo dos letras marcan el curso del mensaje y los sentimientos del “papa”.
En la actualidad gracias a internet somos testigos de la “democratizacion” de la palabra, pero los grafitis por algo siguen en pie.

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